SEGUIR A JESÚS: JUAN BARBUDO. ALETEIA

Hoy en día basta con hacer click en “me gusta” o “seguir” en una página de Facebook, Instagram o de las múltiples aplicaciones de redes sociales para poder seguir a alguien, ya sea una persona o un grupo, una marca o una idea. Así es muy fácil seguir a una persona. No me tengo que mover del sofá ni salir de mi casa. Cuando me aburro le doy a “dejar de seguir” y listo.

El seguimiento que nos propone el mundo de hoy es muy superficial, muy efímero y muy banal. No me exige nada de mí mismo, salvo la pérdida de mi tiempo que es tan valioso.

La llamada que nos hace Jesús a cada uno de nosotros es muy distinta. Jesús nos llama en el corazón. No hay que mirar una pantalla. Hay que mirar hacia dentro.

Tal vez nos cuesta mirar hacia nuestro interior porque tenemos miedo a encontrarnos con nosotros mismos, con nuestra flaqueza humana, nuestra parte débil que no queremos aceptar. Hay que atreverse a mirarse, cara a cara, sin tapujos, porque donde está nuestra esencia, emerge el rostro de Jesús que nos dice: ¿me sigues?.

Tal vez sea incómodo tener que encontrarse con Jesús en lo más íntimo de nuestro ser, porque sabemos que la casa por dentro nunca está del todo ordenada. Preferiríamos encontrarnos con Jesús en un espacio totalmente pulcro e inmaculado.

Sin embargo, Jesús no espera ese lugar para verme y llamarme. Él es imprevisible. Él aparece en mi vida personal en cualquier momento, cuando Él decide. A veces en el momento más inoportuno. Él no espera la ocasión ideal, no requiere de atenciones ni de protocolos. Cualquier rendija de mi corazón le vale para llamar a mi puerta y colarse.

En el fondo, lo que más le importa a Jesús es mi persona, contar conmigo para su misión de salvarnos a todos para llevarnos al cielo. Es una misión gigantesca. Me necesita y por eso no va a dejar de llamarme.

Jesús va a llevar Su luz a tierras de sombra. No se cansa de buscar a los más desfavorecidos y necesitados de esperanza, los que sufren el abandono y la soledad. Jesús va a las periferias existenciales. Sale en busca de la oveja perdida.

Su misión es tan grande y tan universal que necesita aliados que se sumen a esta causa. Lo tiene claro. No quiere realizar su misión sólo, aunque pueda perfectamente porque Él es Dios. Esto sería una contradicción: un Dios que es Familia y que es Comunidad, un Dios que busca la Comunión y la Fraternidad Universal, trabajando solo por esta causa. Esa no es la manera de construir el Reino de Dios y Jesús lo sabe.

Por eso lo primero que hace es buscar aliados. Necesita contar el apoyo de una comunidad para llevar a cabo su misión. Jesús invita primero a dos hermanos: Simón, llamado Pedro, y Andrés. Luego llama a otros dos: Juan y Santiago. Eran sencillos pescadores.

Es justamente la sencillez de corazón de estos hombres la que les permite reconocer en la mirada de Jesús al Salvador. Bastó ese cruce de miradas, ver los ojos brillantes de Jesús para reconocer a Dios. Su Luz les hizo reconocer la Luz.

Jesús les invita a seguirle, a participar de su misión. Es interesante constatar la delicadeza de Jesús en su llamada. Llama a hermanos de sangre, pescadores, a ser pescadores de hombres. Ahora además tendrán una unión más profunda que la de los lazos familiares.

Son apóstoles de Jesús, son la comunidad de Jesús, hermanos en la misión, pescadores de hombres. El oficio que han realizado durante toda su vida, toda su experiencia la emplean ahora para construir el Reino de Dios, para asumir la misión de Jesús. Lo dejan todo para seguirle. Irán a sanar las dolencias de los enfermos y de los que sufren. Llevarán la luz de Jesús a aquellos rincones sombríos. Aumentarán el gozo con su presencia.

Al mirar la llamada que Jesús hace a sus apóstoles, nos vienen las preguntas: ¿Cuándo me llamó Jesús a mí? ¿Cómo fue esta llamada? ¿Dónde? ¿Sigo a Jesús?

No cabe duda de que cada uno también tiene una historia personal con Jesús. A cada uno nos llama por nuestro nombre y nos invita a ser parte de su comunidad. Somos llamados a hacer nuestra la misión de apóstol, pero no de manera aislada, no a nuestra bola, sino en comunidad.

A Jesús no le sirven mis títulos, ni mis cargos. No se fija tanto en mi capacidad, como si se tratara de un casting. Jesús me ama y me elige a mí, y porque me elige me hace capaz, me convierte en un apóstol suyo. Sólo necesita mis ganas de seguirle, mi corazón lleno de fuego por la misión y vacío de cosas vanas.

Su voz resuena siempre en nuestros corazones y desde lo más íntimo de nuestro ser emerge su rostro que me llama y me dice: ¿Me sigues?

JUAN BARBUDO. ALETEIA