SAGRADA FAMILIA

1ª LECTURA: Eclesiástico 3,2-14
Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque desvaríe su mente, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.  Palabra de Dios

SALMO RESPONSORIAL: Salmo 127
R/.
 Dichosos los que temen al Señor 
y siguen sus caminos


Dichoso el que teme al Señor,
y sigue sus caminos. 
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.
Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa; tus hijos,
como renuevos de olivo,
alrededor de tu mesa. R/.

Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.

2ª LECTURA: Colosenses 3,12-21
Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y celebrad la Acción de Gracias: la palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos. Palabra de Dios

SANTO EVANGELIO: Lucas 2,22-40
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. 
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. 
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.  Palabra del Señor

COMENTARIO: SAGRADA FAMILIA.

No resulta fácil hablar hoy sobre la «familia», con tantas experiencias distintas, y no todas positivas. Y si le ponemos por delante el adjetivo «sagrada», aún es más difícil. Creo que hoy es día sobre todo para animar, acompañar, y rezar por todas las familias.   Estos días navideños son, por definición, «familiares». ¡Es evidente el esfuerzo de encontrarse juntos alrededor de una mesa, y sufrimos con resignación que el coronavirus haya condicionado y limitado tanto estos encuentros! Son días en que se hace más visible el sufrimiento de las familias que se han roto, en los que recordamos con tristeza a los que ya no están, y son días en que aquellos que no tienen a su familia cerca, por la razón que sea, se sienten especialmente solos.

Sabemos por definición que la familia es una de las mayores fuentes de gozo, equilibrio, seguridad, ternura… Pero ¿cómo actuar cuando las cosas no van bien? ¿Qué pueden aportarnos las lecturas de hoy?  Llama la atención que en boca de Jesús nunca aparecen las palabras «padre» o «madre» para dirigirse a José o a María, ni «hermano» para referirse a sus parientes cercanos, como era costumbre en la cultura judía. Jesús sólo llama «padre» a Dios.  En cuanto a su madre, sólo se refiere a ella en lo alto de la cruz, para encargarle al discípulo amado que la cuide. En cuanto al nombre de «hermano» lo reserva para los discípulos, que deben tratarse así entre ellos: «¿quiénes son mi madre y mis hermanosLos que escuchan mi Palabra y la cumplen…

Es el modo de decirnos que en la «familia» verdadera, la cristiana, los lazos de la fe, deben ser más fuertes que los simples lazos de la carne y la sangre. Se trata de que se extiendan y triunfen los vínculos del amor que viene de Dios, y den plenitud a todas esas cosas que forman parte de la convivencia familiar: el diálogo, la acogida, el perdón, el servicio, los detalles, el sacrificio, pero para los de dentro y fuera de casa.

¿Cómo podemos avanzar en este sentido? Haciendo presente a Dios, contando con Él mediante la oración, buscando juntos conocer cual es su voluntad sobre nosotros, sobre todo en los momentos de dificultad y cuando tenemos que tomar decisiones importantes de cara a la convivencia y al comportamiento ante los fallos y limitaciones de alguno de sus miembros. Esto nos exige compartir la fe de la comunidad creyente, – Misa de  los Domingos- y buscar junto a otros matrimonios creyentes la luz y el apoyo de su experiencia.

El evangelio de hoy subraya con toda claridad, la conciencia que tenía el pueblo de Israel, pero sobre todo María y José de que el Hijo, que tienen en sus brazos, viene de Dios y a Él se le devuelve como ofrenda. Los hijos no son propiedad de los padres ni de nadie a todos corresponde ayudarles a que descubren cual es la voluntad de Dios sobre cada uno, para que puedan corresponder con libertad, a su vocación más profunda: vivir como hijos de Dios. Nuestra misión, como María y José es colaborar para que el niño crezca en edad, sabiduría y gracia como Jesús, inculcando buenos valores, y con el testimonio de nuestras  buenas obras.

Para terminar: los cristianos (como personas, como comunidades y como Iglesia) tenemos que apoyar a las familias y a las personas, dar comprensión cuando aparezcan las dificultades, abrir caminos, acoger… y hacer menos juicios e imposiciones. Tomarnos todos mucho más en serio esto de «construir» familia, y también la gran Familia de la Iglesia. Como dice un proverbio africano: “Para educar a un niño hace falta la tribu entera“.    Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf (Resumen)