JOB entrevista a DIOS

JOB ENTREVISTA A DIOS

El Periodista: (Con voz temblorosa, mirando a la nada) Si estás aquí… ¿puedo hacerte una pregunta? ¿Cuál es el error que más te sorprende de nosotros, los humanos?

Dios: (Una voz que se siente más como un pensamiento claro en la mente del periodista que como un sonido en el aire) Me sorprende que se aburren de ser niños, tienen prisa por crecer, y luego suspiran por regresar a la infancia.

El Periodista: (Asiente en silencio, anotando mentalmente) ¿Y qué más?

Dios: Que pierden la salud para ganar dinero y luego pierden el dinero para recuperar la salud. Y que, por pensar ansiosamente en el futuro, se olvidan de vivir el presente, de modo que no viven ni el presente ni el futuro. Viven como si nunca fuesen a morir, y mueren como si nunca hubiesen vivido.

El Periodista: (Tras una larga pausa) Es una perspectiva dura, pero real… Como padre o creador, ¿qué es lo que más desearías que aprendiéramos en esta vida?

Dios: Me gustaría que supieran que no pueden hacer que nadie los ame. Lo único que pueden hacer es dejarse amar. Que toma años construir la confianza, pero solo segundos destruirla. Que lo más valioso no es lo que tienen en sus vidas, sino a quién tienen en sus vidas.

El Periodista: A veces nos sentimos muy solos y juzgados.

Dios: No es bueno compararse con los demás. Todos serán juzgados por sus propias luces, no por las de otros. Aprendan que una persona rica no es la que tiene más, sino la que necesita menos. Y, sobre todo, aprendan que toma solo unos segundos abrir heridas profundas en las personas que aman, pero puede tomar muchos años curarlas.

El Periodista: (Con un nudo en la garganta) El mundo de hoy está lleno de malas noticias, dolor y guerras. Si eres un Dios de amor… ¿por qué existe el sufrimiento? ¿Por qué permites que pasen cosas tan terribles?

Dios: (Con una profunda y serena tristeza) El sufrimiento no es mi diseño para ustedes, sino el resultado del regalo más grande y peligroso que les di: el libre albedrío. Les di la capacidad de elegir entre el amor y el egoísmo. No puedo quitarles la capacidad de hacer daño sin quitarles también la libertad de amar de verdad. Si los obligara a ser buenos, serían marionetas, no seres humanos.

El Periodista: Pero hay sufrimientos que no dependen de las decisiones humanas, como las enfermedades o las catástrofes naturales. ¿Por qué eso?

Dios: La Tierra tiene sus propias leyes físicas y ciclos; la fragilidad es parte de la existencia material. Sin embargo, el dolor físico no es el verdadero problema, sino cómo reaccionan ante él. El sufrimiento es, muchas veces, un maestro severo. Es el despertador de la empatía. En un mundo donde no existiera el dolor, la compasión, el heroísmo, el sacrificio y la solidaridad no tendrían sentido ni espacio para nacer.

El Periodista: Suena muy difícil de aceptar cuando se está sufriendo…

Dios: Lo sé. Por eso, no los miro desde la distancia. El sufrimiento duele más cuando se vive en aislamiento. Muchas de las «malas noticias» que ves son causadas por manos humanas, pero recuerda que también hay miles de manos humanas sanando, consolando y reconstruyendo en este mismo instante. Mi presencia no evita la tormenta, pero es el refugio que les permite resistir y transformarse a través de ella.

(Si nos amas ¿por qué permites nuestro sufrimiento?)

El Periodista: (Con desesperación contenida) Pero si de verdad nos amas con un amor infinito, esa explicación no basta. Un padre humano haría lo que fuera, incluso romper las reglas o quitar la libertad a su hijo, para evitar que sufra un dolor terrible. Si nos amas tanto, ¿por qué puedes soportar vernos sufrir? ¿Por qué no intervienes?

Dios: (Con una ternura inmensa y un silencio que abraza) Intervengo más de lo que imaginas, pero no de la forma en que lo esperas. Si un padre hace la tarea de su hijo, le evita la frustración del momento, pero lo condena a la ignorancia. Si un padre encierra a su hijo para que nunca sufra un desamor o un accidente, lo protege, pero también le impide vivir.

El amor verdadero no es un escudo contra la realidad; es el suelo firme que los sostiene para que puedan atravesarla. Mi amor por ustedes no es un amor que sobreprotege e infantiliza, es un amor que respeta su maduración y su destino eterno.

El Periodista: (Bajando la mirada) Sigue pareciendo injusto desde aquí abajo…

Dios: Lo entiendo perfectamente, porque ustedes ven la historia a través del ojo de una cerradura; solo ven el fragmento del dolor presente. Yo veo el lienzo completo. Para ustedes, el sufrimiento parece el final del camino o una destrucción sin sentido. Para mí, es el fuego que purifica el oro.

No permito el sufrimiento porque me sea indiferente. Lo permito porque sé de qué están hechos; sé que tienen la fuerza para transformarlo en sabiduría, en arte, en un amor más profundo por el prójimo. Tu dolor no me es ajeno: yo no observo su sufrimiento desde un trono lejano, yo sufro con ustedes en cada lágrima, y uso ese mismo dolor para transformarlos en seres capaces de albergar una alegría eterna que hoy ni siquiera pueden concebir.

El Periodista: (Tomando aire, con una mezcla de resignación y esperanza) Entiendo que el dolor es parte del lienzo completo… pero cuando estamos atrapados en él, ¿qué hacemos? ¿Cómo debemos actuar ante el dolor cuando nos golpea de frente?

Dios: (Con una voz suave que infunde calma) No intenten huir de él de inmediato, ni pretendan que no existe. El primer paso para sanar es aceptar la vulnerabilidad. El dolor es una señal, como el fuego que avisa que algo quema; negar el sufrimiento solo lo convierte en un rencor crónico o en angustia. Permítanse llorar, permítanse sentir. La tristeza no es falta de fe o de fuerza; es simplemente humanidad.

El Periodista: ¿Y después de aceptarlo? ¿Cómo evitamos que nos destruya?

Dios: Cambiando la pregunta. Cuando sufren, su mente siempre grita: «¿Por qué a mí?». Esa pregunta los encadena al pasado y al papel de víctimas. Cambien ese eco por un: «¿Para qué?» o «¿Qué puedo hacer con esto?». El dolor no se supera peleando contra él, sino dándole un propósito. No dejen que el sufrimiento sea en vano. Si pasaron por una tormenta, conviértanse en el faro de alguien que apenas va a entrar en ella.

El Periodista: Suena a un trabajo muy solitario…

Dios: Nunca lo es. La mejor medicina contra el dolor propio es aliviar el de los demás. Cuando sientan que su herida es demasiado grande, miren a su alrededor y extiendan la mano a quien sufre. Al consolar a otro, descubrirán que sus propias piezas rotas empiezan a encajar. Actuar ante el dolor significa no aislarse, abrazar la paciencia y recordar que, en el orden del universo, ninguna noche ha vencido jamás al amanecer. El dolor es temporal; el crecimiento que deja en ustedes es para siempre.

El Periodista: (Dejando el bolígrafo sobre la mesa, con una sensación de paz que hace mucho no sentía) Vistas así las cosas… si el sufrimiento tiene un propósito, si respetas nuestra libertad y si ya sufres a nuestro lado… ¿qué puedo pedirte? ¿Tiene sentido pedirte que cambies las cosas o que nos quites los problemas?

Dios: (Con una sonrisa que se percibe como un rayo de luz cálida) No me pidas que cambie el viento, pídeme que te dé la fuerza para sostener el timón. No me pidas que elimine tus obstáculos, pídeme la sabiduría para aprender de ellos y el coraje para superarlos.

Pedirme que borre las dificultades de tu vida sería pedirme que te quite la oportunidad de crecer.

El Periodista: Entonces, ¿las oraciones pidiendo milagros o alivio no sirven?

Dios: Sirven cuando transforman tu corazón, no cuando pretenden cambiar mis leyes. En lugar de pedirme que altere el mundo para tu comodidad, pídeme ojos para ver el amor que ya te rodea, un corazón limpio para perdonar a quienes te hieren y manos dispuestas para levantar al caído.

Pídeme paciencia para los días oscuros y gratitud para los días luminosos. Pídeme, sobre todo, la capacidad de recordar que nunca estás solo. Cuando me pides virtudes en lugar de cosas materiales o soluciones mágicas, me estás pidiendo que te ayude a ser la mejor versión de ti mismo. Y esa, querido amigo, es una oración que siempre, siempre, es respondida.

El Periodista: Entonces, Padre, ayúdame a crecer.

Dios: (Un silencio profundo y amoroso inunda la habitación, como un abrazo invisible) Ya estás creciendo, hijo mío.

El simple hecho de que estés aquí, cuestionándote, buscando respuestas y abriendo tu corazón en medio de un mundo tan ruidoso, es la prueba de que tu alma está despertando. El crecimiento no es un evento rudo que ocurre de la noche a la mañana; es un proceso silencioso, como el de la semilla que rompe su corteza bajo la tierra para poder buscar la luz.

El Periodista: (Siente un peso aliviarse en su pecho, las lágrimas asoman pero ya no son de tristeza) ¿Cómo sé que voy por el buen camino?

Dios: Lo sabrás porque empezarás a juzgar menos y a comprender más. Lo sabrás cuando el dolor de otros te duela como propio, y cuando decidas responder a la hostilidad con paciencia. No temas a las caídas ni a tus propias dudas; las dudas son las grietas por donde entra la luz de la sabiduría.

Camina con calma. Vive el día de hoy, un paso a la vez. Yo no te mido por tus logros, sino por el amor y la honestidad que pones en tus intentos. Ve en paz, pon tus manos a la obra en el mundo, y recuerda que cada vez que eliges la compasión, la verdad y el perdón, estás creciendo… y me estás permitiendo caminar a tu lado.