ASESINATO EN MAQUERONTE

ASESINATO EN MAQUERONTE

El hombre joven –unos treinta años- suda entre los muros de piedra. Encima de él, el castillo de Maqueronte brilla en la noche veraniega, cerca del Mar Muerto. Su dueño, el crápula Herodes Antipas, celebra una de tantas orgías en su palacio-fortaleza.

El prisionero le conoce bien. Pero no le teme. Es más, se le ha enfrentado sin morderse la lengua: ”No puedes acostarte con la mujer de tu hermano”. Al final, el poderoso le ha encarcelado. No se atreve a más, porque sabe que es un hombre santo y justo y le tiene miedo a él y al pueblo, que se alegra de que alguien le haya plantado cara al reyezuelo.

Acaban de decírselo: ”Ha mandado  que te cortemos la cabeza y que se la llevemos en bandeja a Salomé, la hija de su amante Herodías, que ha bailado para él y sus invitados”.

(La luna, a través del ventanuco, dibuja un espejo azul en el suelo dela mazmorra).

El corazón del preso late aprisa. La orden ha sido tajante. Seguramente los guardias ya repasan con rapidez el filo de la espada. Un miedo frio sube por su piel: “Voy a morir…”. Su cuerpo moreno, elástico, curtido en los soles del desierto y en las brisas del Jordán, se estremece. Se le encoge el estómago. Se le rompe el pecho con el corazón desbocado:”¡Dios mío, Dios mío, por que me has abandonado”. (Su grito irá dando tumbos por Palestina hasta llegar un día al Calvario).

¡Tan pronto ha pasado todo…! Con los ojos abiertos, clavados en la oscuridad, su historia tan breve, le golpea en las sienes. Oye retumbar en la bóveda negra su propia voz entre las rocas del Jordán: “¡Raza de víboras” ¿Cómo podréis escapar de lo que se viene encima? El hacha ya está puesta en la raíz del árbol, para cortar el que no dé fruto”. Y ve nítidamente aquella tarde oro y verde, cuando Él se le acercó. Y su negativa: “Soy yo quien necesita ser bautizado por ti ¿y tú vienes a mí?”. Y luego, la proclamación rotunda, lanzada a los cuatro vientos, con voz poderosa: “¡Este es el Cordero de Dios!”.

Todo se le agolpa en la frente, en el corazón, en la boca: “¿Pero… ya se acabó todo? ¿Ya es hora,  Señor? ¿Es que nos queda tanto por hacer?”. Silencio total. Gime asustado, tirado en el suelo. Al fondo del corredor, una breve claridad, sonidos metálicos, voces. El hombre se yergue, aprieta los puños, resalta la firme mandíbula. Todos sus músculos se tensan. Dos lágrimas brotan de sus ojos negros y se pierden en la barba, Y se rompe su alma con un grito desencajado: “¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”.

Fue como una brisa suave que llenó de calma la celda. De repente un abrazo le envuelve. Temblando, palpa otro cuerpo, joven como el suyo. No ve nada. Sólo está el abrazó cálido y seguro. Y escucha en un susurro su nombre: “Juan”. El prisionero le ha reconocido de inmediato. Con un sollozo, apretándole contra su pecho, le responde: “Jesús”.

Se supo el asesinato. Y sus amigos le  enterraron con amor. Mientras la tierra caía sobre el cuerpo muerto, parecían restallar en la luz ardiente, cegadora, del campo, las voces del Nazareno:

“Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña  movida por el viento? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! ¿A un profeta? ¡Sí, os digo, y más que un profeta! Pues entre los nacidos de mujer, no hay ninguno mayor que JUAN BAUTISTA.

Miguel Ruiz Díaz. Sacerdote Misionero