El papa León XIV presidió este sábado 26 de septiembre una misa multitudinaria y pública en la Plaza de la Concordia de París ante cerca de 800.000 personas, según las últimas estimaciones de la organización y la policía, en la segunda jornada de su viaje apostólico a Francia.
En su homilía, construida en torno a la imagen del agua viva, invitó a los fieles a preguntarse por su «sed más profunda» y les pidió que no guarden la fe «solo para ustedes.
Los asistentes llenaron los Campos Elíseos desde el Arco del Triunfo hasta la plaza, la más grande de la capital. Muchos esperaron durante horas, en algunos momentos bajo la llovizna, mientras el Papa recorría la avenida en papamóvil.
El lugar tiene una fuerte carga histórica: en la Concordia fueron guillotinadas durante la Revolución francesa más de mil personas, entre ellas Luis XVI, María Antonieta y, más tarde, Robespierre.
«Pequeños ídolos»
A partir del Evangelio del día y de la visión de Ezequiel del agua que brota del Templo, León XIV afirmó que la sed del hombre no es «tanto una sed material, sino una sed de sentido, de verdad y de plenitud».
«Hemos de reconocer que aquí en la tierra nada logra satisfacernos plenamente», señaló. Cuando parece que el esfuerzo ha sido recompensado, añadió, «muy a menudo resurge el vacío interior, aún más profundo», y se buscan entonces nuevos placeres o posesiones para no sentir ese malestar.
El Pontífice planteó a los presentes varias preguntas: «¿Nos conformamos con los bienes materiales, con las satisfacciones inmediatas, con esos pequeños ídolos tan numerosos que prometen la luna y las estrellas, pero dejan vacío nuestro corazón?» Y también: «Por el bautismo, hemos recibido el agua viva de la que habla el Evangelio, pero ¿realmente hemos encontrado a Cristo personalmente?»
León XIV presentó a Cristo como el Buen Pastor que «conoce a cada uno y cada una de nosotros por nuestro nombre». «Para Él, ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible», dijo.
Dirigiéndose a los franceses como «herederos de una larga y hermosa historia de santidad», los animó a «construir una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por la fe». «No guarden esta fe en Jesucristo solo para ustedes, más bien dejen que se desborde», pidió. Y añadió: «Les corresponde a ustedes llevar la esperanza allí donde reinan el desánimo y la sequía espiritual».
Citando a Orígenes, recordó que quien bebe del Corazón de Cristo se convierte en «pozos, manantiales y ríos para los demás».
El Papa repasó la santidad francesa a lo largo de los siglos: los mártires Blandina, Potino e Ireneo; obispos como Martín de Tours y Francisco de Sales; y figuras de la caridad como Vicente de Paúl, Federico Ozanam y Juana Jugan. También tuvo palabras para quienes hoy se comprometen «a favor de la vida, la familia, la verdad, la paz, la fraternidad y la justicia».
Familia, Educación y Cultura
En la parte final se dirigió a las familias, a las que agradeció que perseveren «valientemente en su misión» pese a las dificultades; a los jóvenes, a quienes llamó «la Iglesia de hoy»; y a los catecúmenos y recién bautizados, a quienes pidió que den testimonio del camino que están recorriendo para que otros «se planteen preguntas».
La homilía concluyó con una invocación a la Virgen, Fuente de Salvación, para que por su intercesión florezcan «por toda Francia los brotes de la fe, la esperanza y la caridad
LA PREGUNTA INCÓMODA
León XIV ante Macron
El Papa recuperó a Georges Bernanos y su “Paraíso de las Máquinas” para advertir de una tentación muy contemporánea: que el hombre termine poniendo su confianza en aquello que él mismo ha creado.
Hay lugares en los que una palabra pesa más que en otros. Y quizá por eso resultó especialmente significativo escuchar a León XIV hablar de la persona en el Elíseo, delante de Emmanuel Macron y en el corazón de una República que ha hecho de la laicidad uno de los pilares de su identidad.
El Papa no llegó allí para discutir con Francia sobre su pasado. Tampoco para pedirle que volviera a ser la Francia católica de otros siglos. Habló de sus raíces, de su tradición intelectual y cristiana, de esa historia que también ha contribuido a formar la idea europea de dignidad y de derechos. Pero lo hizo para llevar la conversación hasta el presente: qué queda de todo aquello cuando la sociedad cambia y aparecen problemas que hace apenas unos años ni siquiera sabíamos cómo nombrar.
La cuestión de la persona atraviesa entonces buena parte de su intervención. Y ahí el discurso adquiere un tono particularmente reconocible para quien lo escucha desde la fe. León XIV no entiende la dignidad como algo que se concede en función de las capacidades, de la utilidad o del lugar que cada uno ocupa. La persona está antes que todo eso.
No es una idea menor cuando se habla de ciencia y tecnología. El Papa recuperó a Georges Bernanos y su “Paraíso de las Máquinas” para advertir de una tentación muy contemporánea: que el hombre termine poniendo su confianza en aquello que él mismo ha creado. No se trata de tener miedo al progreso, sino de no confundir lo posible con lo bueno.
Y quizá ahí esté una de las preguntas más interesantes que dejó el discurso. Hemos aprendido a hacer cosas extraordinarias. Pero seguimos teniendo que decidir qué merece la pena hacer.
León XIV llevó esa misma mirada al debate sobre la vida. Habló de manipulación genética, gestación subrogada, compra de órganos y muerte programada, y defendió el derecho a la vida como fundamento de los demás derechos. Es una posición inequívocamente católica y el Papa no intentó disimularlo. En un escenario político como el Elíseo, esa claridad también forma parte del mensaje.
Con la laicidad hizo algo distinto. No la presentó como un obstáculo, ni reclamó para la Iglesia un espacio de poder que Francia ha decidido separar del Estado. Habló de una “justa laicidad”, capaz de permitir que las comunidades religiosas participen en la conversación pública y contribuyan al bien común.
Ahí, quizá, estaba el verdadero diálogo del Elíseo. No en buscar que Macron y el Papa pensaran igual, sino en comprobar que todavía es posible hablar desde convicciones diferentes sin tener que esconderlas.
Macron representa la República francesa. León XIV habla desde una fe que ya no ocupa en Francia el lugar de antaño. Pero ambos se encontraron ante una cuestión que desborda a la política y también a la religión: qué clase de sociedad queremos construir.
El Papa dejó su respuesta bastante clara. Cuando todo cambia —la ciencia, la tecnología, la política, incluso la manera de entender la vida— hay algo que no debería convertirse en una variable más: la persona.
Y quizá esa sea la razón por la que un discurso pronunciado en el Elíseo terminó sonando, en algunos momentos, menos a política que a una pregunta de conciencia.

RELIGIÓN EN LIBERTAD

